Si me preguntas te digo que si.
Es la mejor foto del mundo.

Horacio y Horacito

Ahí estoy yo de chiquito subido a la Garelli que aún hoy conservo. Ese paradisíaco asfalto que ven es de Acoyte, la calle en la que vivo.

Para los que no lo conocen, el que aparece en la foto atras de ese infante, es mi papá, Horacio Sergio Bella Castellano.

Nacido en María Susana, provincia de Santa Fe, pero criado en un ambiente de campo en Córdoba llegó a Rosario de muy joven. En nuestra ciudad le sucedió lo más hermoso que le pudo pasar en su vida: conocer a la mujer que más se asemeja a la perfección, es decir, a mi mamá. Esto sucedió en un ya desaparecido boliche llamado Cocodrilo y supo cautivarla con su cabellera hasta los hombros y contándole chistes de cultura popular cordobesa.

Sinceramente lo envidio tanto por haber conseguido una mujer así. No me canso de felicitarlo y agradecerle todas las noches por eso. Así tuvo dos hermosos hijos. Dios me me hizo una de las personas más felices del mundo al convertirme en uno de ellos.

Tenía una extramada facilidad para hacerse querer y hacer amigos. Cuando lo acompañaba a algun lugar me sorprendía al ver la cantidad de gente que lo saludaba. Me ponía tan contento cuando les decía a los demás “este es mi gurí” y me miraba orgulloso.

Se enojaba tanto cuando le ganaba jugando a los videojuegos que me causaba mucha gracia. Desde el día que me enseñó a jugar al truco nunca me pudo ganar y ni hablar del chinchón. Ahora que me pongo a pensar… ¿Me habrá dejado ganar para ver mi sonrisa nada más?. Imposible saberlo.

Si me sacaba un diez, no me felicitaba, me pedía otro para el día siguiente. Si me sacaba un nueve prefería no mostrarselo, sabía las palabras que me iba a decir. Cuando le preguntaba algo y la respuesta implicaba tomar una desición apenas importante la respuesta era: “Preguntale a tu madre”. “Pero me dijo que te pregunte a vos” le decía yo. “Mentira, nunca hace eso” me respondía sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.

Para alimentar a la hambrienta familia Bella trabajaba de chofer y después de guardia (más conocido como chancho) en la empresa Molino Blanco, es decir, en el 133 y el 143. El típico lugar donde lo ibas a encontrar era en el tampoco hoy existente bar de Ayacucho y Arijón (que no me puedo acordar como se llama) junto a otros choferes y algún que otro taxista amigo.

Los días de partido eran algo aparte. El se emocionaba más que yo. Me limpiaba las zapas, le decía a mi vieja que haga pastas para que tenga más fuerzas y pasabamos a buscar a los chicos con el auto por el club si jugabamos de visitante. Se ponía por demás de pesado en felicitarme cuando jugaba bien y se reía muchísimo cuando yo le dedicaba algún doble. Era mi hincha número uno como diría alguien por ahí.

Un día tuvo que irse y nos cuida desde alla. ¿Por qué?. Es una pregunta que nadie me pudo responder y no creo que nadie pueda. Fueron tan lindos esos momentos juntos y los llevo conmigo como lo que son: momentos irrepetibles.