Un día un joven escuchó un chiste muy pero muy bueno, se rió mucho por varios días y en ellos estuvo verdaderamente contento. Era sin dudas el mejor chiste que había escuchado en su vida.

Cada vez que este joven se sentía triste o tenía ganas de llorar hacía memoria, recordaba el chiste y comenzaba a reir mucho, entonces su tristeza se iba. Así lo hizo por muchos años, ese era su remedio para la tristeza y era realmente efectivo.

Un día, ya siendo adulto se sentía solo, triste, pensaba que ya nada tenía sentido, entonces pensó que el aquel chiste sería la solución. Trató de recordarlo pero no hubo caso, no podía recordar de que trataba el chiste, ni el comienzo ni el remate. Sin embargo notó que su tristeza ya se había ido.

Se dió cuenta de que a pesar de no recordar el chiste si pudo recordar lo feliz que había sido esos días, lo contento que había estado y lo mucho que había disfrutado. Comprendió que lo que le hacía olvidar la tristeza cada vez que lo hacía no era el chiste, sino el recuerdo de lo feliz que había sido, eso nunca lo iba a olvidar. Así entendió claramente como funcionaba su remedio y la tristeza jamás volvió.

“Cuando te sientas triste y las ganas de llorar de inunden, recordá los momentos en que fuiste feliz y hacé todo lo posible para que esos momentos vuelvan y se repitan. Es el mejor remedio”.