Quiero contarles rápidamente una historia de la que involutariamente soy testigo hace ya un tiempo. A principio de año vi como alguien estacionaba en la puerta de mi casa, con lentes de sol y actitud sospechosa, se trataba de un hombre de aproximadamente medio siglo de edad. Mi curiosidad me llevó a quedarme mirando por la ventana de que iba la situación.

Minutos más tarde llegaba una moto al lugar, era manejada por un adolescente y llevaba como acompañante a una joven de aproximadamente veinte años, un poco obesa pero con actitud bastante simpática. Ella se bajaba de la moto, y mientras la misma se alejaba ella ingresaba al auto saludando con un beso al cincuentón. El auto arranca con destino a quien sabe donde.

Horas más tarde la historia se repite de manera inversa. La pareja llega a la puerta de mi casa, la moto la pasa a buscar, se baja del auto despidiéndose con un beso para luego alejarse cada uno por su lado. A modo de ritual esto sucede dos o tres veces por semana justo en la puerta de mi casa, vaya a saber uno porque.

Algun día tal vez me acerque a despejar algunas dudas con este señor pero por el momento la única comunición que tenemos se da cuando él está en la dulce espera y por algún motivo salgo de mi casa. Yo lo miro, él me mira, se me dibuja una sonrisa que no puedo contener y dandome a entender muchas cosas a él le pasa lo mismo.